Una de las cosas que más va a influir en la suerte de la prosperidad, el empleo y el desarrollo en España y Cantabria es la actual reconfiguración de los poderes industriales. En Europa nos hemos relajado mucho, frente a competidores mucho más agresivos en Asia y en América del Norte. Y somos cada vez más los que consideramos que hay que ponerse las pilas ya, no solo con una mentalización en Bruselas, sino en todos los niveles: Madrid y las comunidades autónomas, e incluso los municipios industrializados relevantes, que en el Norte de España tenemos muchos. Estoy hablando, pues, también del porvenir de Santander, Torrelavega, el valle de Buelna Reinosa, Valdeolea, Camargo, Astillero, Bezana, Laredo, Colindres, Santoña y Castro-Urdiales, por mencionar los más relevantes (pero no son los únicos, desde luego, pensemos en Cayón, Marina y Medio Cudeyo, o Reocín).

Si Europa pierde su musculatura industrial, quedará a merced de las maquinaciones geopolíticas de otros poderes que están interesados en que sea una colaboradora dócil para sus propios proyectos. Nuestra libertad será solamente nominal: en la práctica las decisiones cruciales sobre la marcha de nuestras sociedades se tomarán en otra punta del planeta. Hemos visto recientemente las consecuencias de ello en la pandemia de covid-19: la carencia de determinadas industrias sanitarias puso en peligro mortal durante semanas a millones de europeos (y a algunos desgraciadamente les costó la vida esa vulnerabilidad de origen económico). También lo hemos constatado con motivo de los problemas logísticos de China, muy graves, durante 2021, y tras la agresión de Rusia a Ucrania en 2022. Europa ha tenido que contener el aliento y gastar en ciertos suministros mucho más dinero, lo que ha empobrecido a los hogares y ha hecho más difícil la vida de las empresas. La guerra además ha demostrado que sin unas capacidades industriales y tecnológicas avanzadas, quedaremos a merced del tirano de turno al que no le importe dilapidar las vidas de sus ciudadanos (súbditos o esclavos, más bien) y los ingresos de sus ventas de materias primas en proyectos de poder trasnochados, pero altamente dañinos para todos.

Necesitamos, por tanto, una política industrial europea mucho más proactiva y agresiva, junto con una política de I+D mucho más ambiciosa, y que en una parte deberá ir a cuestiones de independencia energética y también a defensa. China ha anunciado un programa de inversiones en “tecnologías limpias” del orden de 280.000 millones de euros. La Administración Biden, a su vez, tiene en marcha el IRA (Inflation Reduction Act), con 360.000 millones. Hay también otros planes similares en Japón y otras grandes economías. Estos programas nos afectan de muchas maneras: refuerzan a los productores de sus propios mercados, perjudicando a nuestros exportadores allí; generan riesgos de deslocalización de nuestras propias industrias (si una empresa cántabra puede hacer un gran negocio con las subvenciones de Biden, ¿por qué va a invertir en nuestra región para obtener menos o nada?); y pueden suponer saltos tecnológicos que nos dejen, desde el punto de vista industrial, desfasados en calidad de producto y valor añadido de los mismos para el resto de la economía.

Es muy importante que ya desde abajo, desde las regiones industrializadas, promovamos políticas ambiciosas y coordinadas que busquen a la vez metas económicas, geopolíticas y sociales. Nuestro nivel de bienestar es sostenido por la industria. Este sector es el 20% del PIB de Cantabria. Sin él, nuestra región sería una comunidad atrasada y con un nivel de ingresos significativamente menor. Por tanto, desde autonomías como la nuestra, desde los municipios, desde los agentes económicos y sociales locales, tenemos que hacer fuerza también para impulsar una nueva estrategia industrial europea que ponga sobre la mesa incentivos y ayudas para la transformación industrial, y para que nuestra salud, seguridad y bienestar esté en nuestras propias manos.

Convendría, pues, forjar un amplio consenso de base local y nacional en torno a las necesidades industriales. Todos los partidos políticos y agentes económicos y sociales, también las universidades y centros de investigación, y las fundaciones, hemos de concordar en un programa coherente que garantice esa importancia del sector industrial en nuestro territorio, lo que será una contribución al empoderamiento de Europa. Lógicamente se trata de incentivos y ayudas de tipo económico, pero hay muchos otros aspectos que son más que económicos: con demasiada frecuencia aparecen sectores empresariales quejándose de que en esta u otra rama de la producción no hay mano de obra cualificada. Hay, además, como cabe imaginar, más situaciones que debemos revisar: el exceso de burocracia en todo tipo de autorizaciones, la incertidumbre jurídica con que se aplican las regulaciones ambientales, la garantía de unos costes energéticos viables y razonables, el papel del capital-riesgo en el desarrollo de nueva industria, o la gestión más ágil del suelo productivo. Hay que activarse por la industria y hacerlo cuanto antes, mejor. El tiempo ya corre veloz en contra de los europeos.

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