En democracia, hay una diferencia esencial entre gobernar y resistir. Gobernar es tomar decisiones pensando en el interés general. Resistir consiste en tomar decisiones pensando únicamente en seguir en el poder, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Y, por desgracia, hace tiempo que Pedro Sánchez y su gobierno cruzaron esa línea.

España no tiene hoy un Gobierno centrado en resolver los problemas de los ciudadanos. Tiene un Gobierno concentrado en resolver sus propios problemas políticos y judiciales. Cada semana, la agenda nacional gira en torno a una nueva crisis, a una nueva no explicación de tramas corruptas que abraza el gobierno y al PSOE .

Mientras tanto, los españoles siguen esperando respuestas. Esperan soluciones para acceder a una vivienda. Para llegar a fin de mes. Para encontrar empleo de calidad. Para reducir la presión fiscal. Para mejorar la sanidad, las infraestructuras o la seguridad. Pero esas prioridades han quedado relegadas por una política marcada por la supervivencia permanente del presidente del Gobierno.

Esta situación no es una percepción interesada. Es una realidad que observan millones de ciudadanos.

La legislatura ha entrado en una dinámica agotada. Cada iniciativa depende de acuerdos de última hora. Cada votación se convierte en un ejercicio de equilibrio imposible. Cada cesión alimenta la siguiente exigencia. España no puede seguir instalada en una negociación permanente donde el interés general queda subordinado a la necesidad de conservar unos pocos votos más en el Congreso.

Mientras el Congreso le niega su confianza política, Pedro Sánchez responde entre risas y aplausos. No hay nada que celebrar cuando un presidente pierde el respaldo de la Cámara. Esa actitud no transmite fortaleza, sino soberbia, desconexión con la realidad y una preocupante falta de respeto hacia el Parlamento y hacia millones de españoles que esperan ejemplaridad, responsabilidad y sentido de Estado.

La política española merece algo mejor. Y los españoles también.

Lo más preocupante no es únicamente la debilidad parlamentaria del Gobierno. Lo verdaderamente grave es el deterioro de la confianza en las instituciones provocado por los numerosos escándalos que rodean al Ejecutivo y al PSOE. Cada nuevo caso obliga al Gobierno a dedicar más tiempo a defenderse que a gobernar. Cada explicación llega tarde. Cada comparecencia deja más preguntas que respuestas.

Cuando un Gobierno convierte la excepcionalidad en rutina, termina dañando la credibilidad de las instituciones que representa, Eso debería preocuparnos a todos, votemos a quien votemos.

La democracia necesita gobiernos fuertes, pero sobre todo necesita gobiernos ejemplares. Porque la confianza pública no se exige; se gana. Y también se pierde.

Pedro Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para resistir políticamente. Nadie puede negarlo. Pero esa capacidad ya no basta para gobernar un país. Resistir no puede convertirse en un proyecto político. España no puede vivir pendiente del siguiente escándalo que monopolice el debate público. Gobernar exige liderazgo. Exige asumir responsabilidades. Y, sobre todo, exige saber reconocer cuándo una etapa ha llegado a su fin.

En Cantabria conocemos bien las consecuencias de esta forma de gobernar de Pedro Sánchez. Llevamos años esperando infraestructuras comprometidas, inversiones estratégicas, mejoras ferroviarias o una planificación energética que permita desarrollar proyectos industriales fundamentales para nuestro futuro. Demasiadas veces encontramos anuncios sin ejecución, compromisos sin calendario y promesas que nunca llegan a materializarse.

Mientras el Gobierno dedica sus esfuerzos a sobrevivir políticamente, territorios como el nuestro siguen esperando decisiones que no admiten más demora. No es serio, no es responsable, y no es justo.

España necesita recuperar estabilidad institucional. Necesita un Gobierno que dedique toda su energía a gestionar, no a mantenerse. Necesita recuperar la seguridad jurídica, la confianza económica y el prestigio institucional que nunca debimos poner en riesgo.

Las elecciones no son un problema. Son la solución democrática cuando un Gobierno pierde la iniciativa política y la confianza de una parte muy importante de la sociedad. Nadie debería tener miedo a las urnas. Mucho menos quien afirma gobernar en nombre de la ciudadanía.

Si Pedro Sánchez está convencido de que mantiene el respaldo de los españoles, tiene una oportunidad muy sencilla para demostrarlo: convocar elecciones.

Porque lo que no resulta aceptable es prolongar una legislatura cuya principal razón de ser parece consistir únicamente en evitar acudir a las urnas por miedo a la respuesta de los españoles.

La democracia no pertenece a ningún presidente del Gobierno. Tampoco a ninguna mayoría parlamentaria construida sobre acuerdos coyunturales. La democracia pertenece a los ciudadanos.

Y cuando la distancia entre un Gobierno y la sociedad se hace cada vez mayor, y no se tiene la mayoría en parlamento, la obligación de cualquier gobernante responsable no es buscar una nueva fórmula para resistir unos meses más, es convocar elecciones.

La España democrática ha demostrado a lo largo de su historia reciente una enorme capacidad para superar momentos complejos. Siempre lo ha hecho cuando las instituciones han estado por encima de los intereses personales y cuando el interés general ha prevalecido sobre la supervivencia política. Ese es el camino que debemos recuperar.

No se trata únicamente de cambiar un Gobierno. Se trata de recuperar una manera de entender la política basada en la ejemplaridad, la responsabilidad y la verdad.

Porque ningún proyecto político puede sostenerse indefinidamente sobre la división, la confrontación permanente y las concesiones destinadas exclusivamente a conservar el poder.

Cuando resistir se convierte en el único objetivo, se deja de gobernar.

Y cuando un presidente deja de gobernar para limitarse a resistir, lo más democrático, lo más honesto y lo más digno es preguntar de nuevo a los ciudadanos. Que decidan ellos. Como siempre ha debido ser.